El Jardín del Edén
Corría el verano de 1917. Un año muy cálido a decir por las crónicas - y más en el Valle de San Fernando -, cuando Margaret J. Anderson y su hijo Stanley decidieron construir una piscina para el pequeño hotel que habían abierto unos años antes, en 1912. El Beverly Hills Hotel – el Palacio Rosa, como es conocido desde que en los años 40 decidieron repintarlo – fue erigido en pleno Sunset Boulevard, en lo que más tarde sería la ciudad de Beverly Hills, en un distrito que tiene por código el icónico 90210. Un establecimiento – con esa silueta inconfundible del Hotel California de los Eagles – que rinde culto al hedonismo y al lujo desenfadado. Desde los aparcacoches, todos ineludiblemente altos, guapos y jóvenes de familias acomodadas del barrio y vestidos con el polo color rosa chicle emblema del hotel, hasta la decoración, con esos indescriptibles estucos y papeles pintados que le dan al interior un aire retro y, en cierto modo, kitsch.
Decía que los señores Anderson decidieron construir una piscina para amenizar a la incipiente pléyade de actores y famosos – Douglas Fairbanks o Gloria Swanson eran habituales – que se daban cita en sus jardines para descansar, tomar una copa, negociar contratos de cifras astronómicas o esquivar las miradas sobre sus amores furtivos. Y con esa piscina llegó la leyenda. Una piscina en la que un joven Johnny Weissmuller obtuvo el papel de Tarzán mientras saltaba para rescatar a una niña que se ahogaba o en la que Katherine Hepburn se bañaba vestida después de sus clases de tenis en aquella época en que mantenía un tórrido y adúltero romance con Spencer Tracy. Una piscina en la que Joan Crawford y Faye Dunaway aprendieron a nadar o en la que fueron descubiertas estrellas como Raquel Welch. Una piscina en la que George Hamilton perpetuaba su moreno integral en una de sus míticas cabanas y Fred Astaire leía el Daily Variety enfundado en su albornoz. Confieso que, de alguna manera, me pudo el miedo escénico y no tuve el valor de darme un chapuzón allí. A lo más que llegué es a tomarme una copa en la terraza mientras intentaba adivinar en la distancia – y sin éxito – el cuerpo de alguna actriz famosa.
La construcción de sus famosos bungalós proporcionó a las estrellas un refugio para vivir sus amoríos más furtivos y escandalosos, como aquel que unió a Marilyn e Yves-Montand. Una época en que la fama del hotel atrajo a personajes como Francis Taylor, un marchante de arte de Arkansas, que montó una galería junto al salón de belleza. Su hija – una tal Elizabeth – sacaría aun mejor partido que él de esa localización y convertiría esos bungalós en el epicentro de su tormentosa relación con Richard Burton, siempre envuelta en vodka, peleas y reconciliaciones. El propio hotel ha sido el escenario de varias películas, desde Mi Desconfiada Esposa hasta Tal Como Éramos, pasando por Shampoo o American Gigolo.

El otro escenario principal de este palacio rosa es el Polo Lounge, en cuya barra se acodaban Frank Sinatra o Marlene Dietrich – a la que en más de una ocasión pusieron en la calle por vestir pantalones largos – y en la que aún se sirve un Manhattan canónico y que guarda una colección muy notable de coñacs y armañacs. Alrededor, las mesas iluminadas de forma tenue, donde los famosos se ocultan de las miradas indiscretas. En su patio mediterráneo se sirven los desayunos más celebrados de la ciudad y las estrellas, los aspirantes y los clientes anónimos juegan al gato y al ratón y al quién es quién ocultos tras sus gafas de sol, mientras se solazan entre smoothies, pancakes y huevos Benedict. Se trata de una experiencia ineludible en la ciudad angelina. Si es comer entre estrellas lo que buscamos también es posible optar por salir del palacio y acercarse a The Ivy (113 N Robertson Blvd). Una mesa en su terraza es símbolo de haber alcanzado cierto estatus dentro de la ciudad. El resto de los mortales debemos conformarnos con algún rincón interior mientras disfrutamos de unos pastelitos de cangrejo de Maryland y un pollo empanado al estilo sureño. O mejor aún, es altamente recomendable hacerse con una mesa en el patio de Spago (176 North Canon Drive), el feudo del starchef Wolfganfg Puck, y dar cuenta de unas ostras, una pizza – mejor sencilla que en su versión opulenta y algo histriónica con caviar – y una buena botella de grüner veltliner austriaco, como Mr. Puck. La copa de sobremesa, bien servida, en el Boulevard Lounge del Beverly Wilshire. Sí, ese de esa película.

De vuelta a nuestro palacio, el Nine12 es un bar delicioso a media tarde, con una terraza impagable sobre los jardines del hotel y una coctelería impecable, e infernalmente actual por las noches, cuando desaparece la paz y las actuales estrellas – a las que les falta todo el glamour de antaño pero les sobra el dinero – dilapidan miles de dólares en vodkatinis y botellas de Cristal al ritmo de hip hop y música latina.
A la salida los risueños aparcacoches en sus eternos polos rosa te despiden en la puerta como recordándote que quizás tu sitio no es ese pero que, durante un par de días, has pertenecido al Olimpo. Que te has tomado una copa con la sombra de Dean Martin o has pedido tus huevos con beicon como le gustaban a Warren Beatty. Pura nostalgia. Pura Joie de Vivre.














